martes, 27 de septiembre de 2011

Volvamos a los arcaicos: ellos tienen la solución a todo.




La envidia, la gula, la traición, el deseo, la pasión, la avaricia... son expresiones simbólicas de los comportamientos humanos. Nos dejamos arrastrar por unos y por otros, en función de muchos factores y circunstancias. Pero estos símbolos premoritorios ya estaban ahí, los antiguos supieron verlos de manera sobresaliente, y entre ellos, los griegos alcanzaron la perfección suma a la hora de transmitir sentimientos, ya en el siglo VII a. C. se comenzó a transmitir de manera profusa y delicada (Homero como incio de este gran camino poético, mucho antes), primero al mundo griego luego al resto de la orbe terrestre. Autores como:Calino, Tirteo,Mimnermo, Solón, Jenófones, Semónides, Anacreonte, Alcmán, Estesícoro, Íbico, Semónides... contribuyeron en aquella època llamada arcaica a elevar el canto y su conocimiento de manera magistral, convirtiéndose así en uno de los elementos definitorios de la cultura Occidental y por extensión de la cultura Universal. Para no perdernos ante esta ingente lista de gigantes escritores, el valor del estudioso y antólogo se convierte en fundamental, así Juan Ferraté (Reus, 1924) cumplió una labor notable de investigación y publicación de obras capitales ya desde los años sesenta del siglo XX. Con varias reendiciones: Líricos griegos arcaicos (Editorial Acantilado, Barcelona, 2000) se ha convertido en un libro imprescindible para cualquier amante del mundo clásico o también para aquella persona que quiera acercarse a dicho mundo con ciertas garantias. Un libro brújula que nos sirve para orientarnos y no perdernos ante la ingente poesía que encontramos en este mundo arcaico y mágico. Hace muchos años los arcaicos dijeron esto...








No existe hombre feliz; al contrario, son todos miseria




los mortales que el sol desde arriba va viendo.




(Solón).




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De la prudencia no es fácil saber la invisible medida,




que, sola, gobierna de todas las cosas el límite.




(Solón).




***




No gruñas como la onda




del mar, con la estridente




Gastrodora bebiendo




a chorro de la copa.




(Anacreonte).




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Otra vez quiero y no quiero




y deliro y no deliro.




(Anacreonte).




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Por tu lujuria he acabado




así de hinchada y legañosa.




(Anacreonte).




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Siendo tan largo el tiempo de estar muertos,




vivimos malamente pocos años.




(Semónides).




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